Ramos de palabras

Reflexiones sobre el alma de la sociedad y del ser humano.

Ese aire de otoño también llamado destino

1306255096141_fHace frío, pero no en exceso. La gente va y viene por la calle caminando tranquila, son aquellos que han vencido la pereza antes de salir de casa. A cambio, la ciudad les devuelve un maravilloso espectáculo que se repite cada año. Una vez fuera, cada cual forma parte de él y ya no importan sus retos.

Sí, el otoño nos reta a ser felices cuando se presenta porque todo lo vuelve melancolía. Hay poca luz y muchos árboles diferentes juntos hacen una fiesta donde el confeti es de colores amarillo, rojizo, marrón y anaranjado. Las tiendas de chinos andan demasiado precoces poniendo ya los árboles de Navidad en sus escaparates, la pantalla de la televisión casi huele a perfumes y el bronceado de verano comienza a desaparecer.

Se ha puesto muy de moda eso de “se fuerte”, “ríe a pesar de las dificultades”, “la felicidad está dentro de ti, no en las cosas que te pasan”.

Pues bien, todo esto tiene una réplica: el ser humano también tiene derecho a llorar. En nuestra sociedad se ha creado una especie de competición por mostrar que se es el más feliz. No todo el mundo afronta la misma situación de la misma manera ni todas las circunstancias posibilitan la risa en poco tiempo.

Es cierto que no es sano recrearse en el dolor, pero sí es indispensable soltar lastre, darse el permiso de estar triste el tiempo que sea necesario para después coger un fuerte impulso hacia lo bueno que nos queda por vivir.

Estos meses de tránsito hacia las heladas quizás son el mejor momento para ello, es tiempo de reflexión y, los que la practiquen se darán cuenta del placer que produce pisar unas hojas secas mientras se iba pensando, mirando al suelo pero sin ver nada… El ruido de las hojas de pronto parece hablar y decir: stop! Nos saca de nosotros mismos y hace que volvamos a mirar alrededor.

El lugar y el momento de una hoja caída

Coges una hoja, no sabes porqué y después de caminar unos minutos más la sueltas. La hoja cayó de un árbol concreto y ella jamás pensó que acabaría en otra calle. Así es el destino.

A veces sólo somos una hoja en otoño. Nuestra ubicación en la vida es fruto de un montón de decisiones que tomamos en el pasado pero no podemos olvidar que otras personas o el mismo aire pueden hacernos aparecer en el lugar más insospechado.

Hay que dar gracias incluso de los errores que cometimos y de todo aquello que nos pasó y que creíamos que era malo, porque todo ello nos hace llegar al sitio correcto donde debemos estar en cada instante de nuestra vida.

Una copa de vino, una nueva casa en silencio, un portazo al desamor, alguna que otra ilusión y un puñado de sensaciones que compartir. ¿Soledad o independencia? Todo junto, quizás.

Lo cierto es que aquí y ahora encajan a la perfección. Una vez más remontando el vuelo expectante por el rumbo que coge el aire de este otoño.

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A la altura

caminar sola

Tu recuerdo susurra en mis días

mientras tu realidad

es presa ya de otros relieves.

Estoy rodeada de ángeles pero,

las palabras de ninguno están

a la altura del dolor de mis latidos.

Sólo me dejo mecer

por el tiempo y la tinta,

únicos capaces de poner

la rabia y la ira a dormir.

Tú eres quien supo

sacar mi carcajada más fuerte.

Pero ahora ya ese “tú” no existe.

¿Cómo hacer que el mundo entienda

lo dulce que es regodearme

en esa carcajada,…

aunque después todo sea

amargura?

Y me retuerzo, y grito, y muerdo,

y pataleo, y araño, y blasfemo,…

Y después, todo calma.

Nada.

Y todo no es por no tenerte,

sino porque el “tú” de ahora

ya no es merecedor de los secretos

de mi alma.

Otro amanecer está cerca pero,

jamás sabrás cómo es el brillo

de mi mirada renovada.

Tampoco conocerás mis alegrías

en un día cualquiera,

ni a qué olerá mi piel

cuando mis lágrimas ya estén secas.

Camino sola,

con todos mis esquemas rotos.

Pero, no me hace falta entrelazar

mis dedos con otros

para coronar la cima

de la esperanza con mis sueños,

porque hoy el aire me ha dicho

que alguien quiere conocerlos.

Cambio kétchup por salsa de soja

chinaEn Occidente no dejamos de observar con cautela los avances de países que hace unos años estaban sumidos en la pobreza y que mejoran su economía a pasos agigantados. Oriente y América Latina ya no son lo que eran. Es cierto que aún les queda mucho camino por recorrer, pero, sobre todo, los orientales están haciendo algo más que abrir tiendas de ropa y de todo a 100.

Se escucha hablar en la calle sobre China, como si se tratase de un cuento: “los chinos nos van a comer”, “de aquí a nada estamos todos con los ojos rasgados” o “el chino es el idioma del futuro”… Pero nada más lejos de ser un “cuento chino”, se están sentando las bases para que estos países emergentes tengan una base económica sólida y poder informativo.

Consecuencia de todo ello será que efectivamente nos veamos envueltos en su cultura, como ya empezamos a estarlo sin apenas darnos cuenta de forma silenciosa. Cada vez se pondrá más de moda la comida la china y cambiaremos en más ocasiones el kétchup por la salsa de soja. Por otra parte también se está poniendo muy de moda la filosofía y el pensamiento oriental. Parece que necesitemos incorporar enseñanzas distintas para ser más felices, tal como ver una crisis y una oportunidad como la misma cosa o plantearnos la pregunta “¿qué puedo sacar yo de todo esto?” en lugar de “¿por qué me pasa esto a mí?” ante situaciones difíciles.Y, sí, seguramente que nos veamos obligados a aprender su idioma ante la necesidad de relaciones beneficiosas para todos.

Esta semana ha sido muy intensa en cuanto a acontecimientos que nos deberían hacer reflexionar sobre el futuro del orden económico mundial.

Creación de Banco de Desarrollo, financiación independiente

Los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) han creado Banco de Desarrollo, con él se da un paso adelante para ponerse a la altura de Estados Unidos y la Unión Europea, es una alternativa a las instituciones de Bretton Woods, FMI y Banco Mundial.

La entidad estará destinada a la financiación de proyectos de infraestructura de los países fundadores y tendrá un capital inicial autorizado de 100.000 millones de dólares, pero también podrá ofrecer capital a otros países en vías de desarrollo como mecanismo financiero alternativo.

Por tanto, las expansión que cabe esperar para empresas de estos países es muy grande y además con autonomía propia, sin la necesidad de financiación occidental. Para bien o para mal, la mayor independencia la da el dinero.

Haciéndose con el Cuarto Poder

Oriente también llega al mundo de la comunicación. El grupo japonés Nikkei ha comprado el Financial Times a Pearson. Estamos hablando de uno de los periódicos más prestigiosos a nivel mundial de noticias internacionales de negocios y economía.

La operación se ha realizado por 884 millones de libras (1.200 millones de euros). Esta cifra valora en 35 veces el ebitda (beneficio operativo bruto antes de impuestos) de FT Group -que incluye, además, el 50% de la revista The Economist y otras publicaciones, como The Banker-.

La venta de Financial Times pone fin a 60 años de relación con Pearson, que ahora se centrará en la expansión de su negocio de libros de educación. Justo en un momento en que el mundo de la información crece a través del móvil y las redes sociales. No cabe duda de que sea cual sea su propietario tendrá que lidiar con los retos que presenta el ya no tan nuevo ámbito informativo a pesar de que el FT es uno de los medios que mejor ha realizado la transición al mundo digital. Cobra por sus contenidos online y tiene unas circulación de 737.000 ejemplares, de los que un 70% son suscripciones digitales. El periódico conserva una tirada en papel de 220.000 ejemplares, un 5% menos que hace un año.

Propietarios orientales vs cultura occidental

Y, el último acontecimiento de la semana a destacar en este post es un reflejo de cómo los orientales empiezan a jugar un papel muy importante en la toma de decisiones sobre nuestro terreno. Es el caso de la decisión que finalmente ha tomado el Ayuntamiento de Madrid sobre el Edificio España, un rascacielos ubicado en Plaza España, señalado como multifuncional que albergaba hasta el año 2006 el Hotel Crowne Plaza, un centro comercial, apartamentos, viviendas y oficinas.

En la actualidad se encuentra vacío, en desuso y en propiedad de Wang Jianlin desde 2014, poseedor de la mayor fortuna de China y propietario del grupo inmobiliario Dalian Wanda especializado en hoteles, centros comerciales de lujo y poseedor del 20% de acciones del Atlético de Madrid.

Las intenciones de Wang Jianlin han sido las de derribar completamente el edificio y reconstruir la fachada pieza a pieza, ya que según él “no existen experiencias similares de mantenimiento de una estructura de esta altura y dimensiones”, que ya tiene sus años…

Naturalmente, la propuesta de reconstrucción de la fachada se debe a su carácter protegido por el Ayuntamiento de Madrid quien finalmente no ha dado la autorización para proceder al derribo. Pero, ¿realmente hubiera sido capaz de reconstruirlo tal cual?

Dados los acontecimientos es preferible mantenerse al margen a la hora de subestimar capacidades orientales.

Fuentes: http://www.elpais.com, http://www.abc.es, http://www.expansion.com

Sin el disfraz de la felicidad

mirar al cielo

Un cielo limpio y claro observa los gatos

pero ellos solo alzan la mirada

cuando ya no queda refugio en los bares.

Bares que recogen motivos por los que brindar

pero también a víctimas de la mentira, del desamor…

a trabajadores formados para una utopía

a infieles, deshonestos, a cocineros del sinsabor.

Sinsabor que arranca el vómito de reinas sin corona,

de bufones sin cascabel, de payasos sin zapatos.

El alcohol y lo que no es alcohol les calmará la sed

de venganza, de sueños, de perdón, de buenos ratos.

Ratos largos servirán para competir tras el teclado

con imágenes de sonrisas seleccionadas.

El premio es para el mejor disfraz de la felicidad,

para el mejor artista de risas retocadas.

Retocadas de mala manera están las almas

de aquellos que olvidaron el latir de su corazón

y ya ni las copas pueden paliar la escasez

de la nobleza, la verdad, la empatía o el amor.

Entonces, una mirada al cielo hace de analgésico

contra el dolor del recuerdo de algo bueno.

Aún hay esperanza.

Hasta que los 40 te separen o single para rato

familia felizUn hombre que gana dinero y pasa el fin de semana en familia; una mujer delgada que también gana dinero, dos niños, un perro, una casa grande, un buen coche y 15 días en la playa al año. Todo ello tiene que haberse alcanzado entre los 35 y los 40 años.

He aquí dibujado el cuadro de la felicidad que la sociedad española ha enmarcado. ¿De verdad están ahí resumidos nuestros sueños? Puede que sí, puede que no…

Seguro que si tenemos en cuenta multitud de conversaciones que se tienen alrededor de los 30, nos daremos cuenta que, aunque sin querer reconocerlo a veces, nuestro interior más primitivo de la mano de infinidad de impulsos biológicos nos lleva a la necesidad de buscar pareja, conseguir un estabilidad y, más adelante, al despertar de la paternidad o maternidad.

Impulsos biológicos vs autosuficiencia

Al mismo tiempo se ha puesto de moda esa autosuficiencia e individualismo de los que muchos incluso alardean y que se aleja del “marco de la felicidad” descrito. Es decir, aparecen personas que aseguran sentirse bien consigo mismas sin necesidad de contar con un compañero de vida y, por supuesto, sin hijos. Aunque, también es verdad que otras eligen tener hijos pero sin nadie a su lado. Por el contrario, suele tratarse de grandes amantes de los viajes, la fiesta nocturna, la lectura, el cine, el culto al cuerpo y tal vez de un gran grupo de amigos y/o de parejas eventuales.  En definitiva, hablamos de singles en toda regla.

singlePero, ¿de verdad todas las personas que siguen este tipo de vida la han elegido? Muchas de ellas no. Precisamente por culpa de los impulsos biológicos muchas personas no se sienten del todo plenas con la soltería pero para hacer frente a este “fracaso social”, ocultan su malestar asegurando que su estilo de vida es fruto de su elección. Sin embargo, a veces las verdaderas causas del estado single son la dificultad para encontrar pareja estable, problemas económicos o simplemente mala suerte sentimentalmente hablando.

Es lógico pensar que nuestros actos están en gran parte condicionados por las necesidades humanas de nuestro organismo y todo ello influye en la organización social tal y como venimos viendo. Aún así, hay muchos singles que realmente son felices con su vida.

Una sociedad que camina hacia la soltería

¿Qué le está ocurriendo a nuestra sociedad? ¿Podemos hablar de un fracaso del amor? Hay realidades que hablan por sí solas: la gente tiene pareja estable cada vez más tarde y las personas que viven solas van en aumento. Según los datos del Insitituto Nacional de Estadística (INE)  en España el número de solteros de entre 25 y 64 años ha pasado de 4 millones y medio en 1991 a más de 7 millones en 2005. Actualmente hay cerca de 8 millones y medio de solteros y solteras en nuestro país en mencionada franja de edad.

La soltería, buscada o no, lo cierto es que va en aumento. Teniendo en cuenta que la sociedad tiende a adoptar la forma que necesita de forma natural, cabe imaginar que la elección de la soltería sea verdaderamente la mejor manera de vivir para muchas personas. Algo debe estar ocurriendo para que la soltería se imponga incluso a nuestros impulsos biológicos.

El “marco de la felicidad” impuesto

divorcioY, el panorama se complica aún más cuando interviene el “marco de la felicidad” impuesto: – “Hija, tú lo que tienes que hacer es casarte…” La presión de comentarios como éste escuchados una y otra vez durante multitud de eventos arrastra en ocasiones a personas que quieren ser singles hacia la lacra que para ellos supone el matrimonio.

Más datos del INE para palpar la otra cara de la moneda: España es, junto a Bélgica, el país de la Unión Europea con mayor tasa de ruptura/nupcialidad, por cada 4 matrimonios que se forman, se rompen 3. El fin de un matrimonio se produce cada 3,7 minutos, con lo que, en un día, se acaban 387 matrimonios.

De manera que parece que muchos de los casados tampoco estaban muy contentos con la decisión que tomaron…

La edad media de los divorciados y separados en España ronda los 40 años y en la mayoría de los casos han transcurrido cerca de 15 años de matrimonio. Cabe destacar que en nuestro país hay casi dos millones de personas separadas o divorciadas, cifra que ha experimentado un crecimiento de prácticamente un 500% en las dos últimas décadas.

En definitiva podemos hablar de multitud de personas insatisfechas sentimentalmente ya sea solas o en compañía. Mucho daño han hecho en este sentido las presiones sociales, la impaciencia, los prejuicios o el interés.

El verdadero fracaso

El ser humano nace libre con una autenticidad que se corrompe en mayor o menor medida a lo largo de los años. La mejor manera de sonreir es siendo fieles a nosotros mismos, a lo que buscamos, a lo que queremos de verdad. El “fracaso social” cuando hablamos de situación sentimental, no puede llamarse “fracaso” porque los demás no van a sufrir el dolor personal que puede suponer una decisión de la que no se tenía convencimiento. El mayor fracaso que existe, en el ámbito que estamos tratando es fallarse a uno mismo.

Si dejamos que las decisiones personales de cada cuál fluyan sin presiones, la sociedad buscará el cauce correcto.

Nota personal

El humo de un cigarro me envuelve, giro a la derecha y veo a un hombre que camina a mi lado, siempre a mi lado, no se queda detrás y sabe esperarme cuando tiene prisa. Pero dirige la vista al frente, da otra calada más y dejando detrás del humo aquello que nos puedan influenciar me dice: – “Niña, todo llega…” Y yo le miro, anhelando que seamos ese 1 de cada 4.

 

Gatos, farolas, pinturas y fantoches

tejado

Aún quedan calles con tanta fuerza que son capaces de absorver a todo aquel que las recorre. Como en un agujero negro, el tiempo y el espacio dejan de tener sentido en ellas. Cuando las cubre la noche, se convierten en cuadros, reflejos del interior de algún pintor revelándose a su realidad. Todo lo que ocurre en estas calles se hace pequeño, los sucesos sólo son más sombras en el decorado. El suelo está empedrado y aún  se mantienen las farolas que sobresalen de los edificios. Su luz es la única protagonista de la imagen, un amarillo anaranjado que embelesa al resto, a todo lo que en ese momento es oscuridad.

Estas calles pertenecen a la ciudad de las oportunidades, es Madrid. Estas calles son diferentes a lo que muchos esperan al llegar y también diferente al día día. Y estas calles son también la conquista de todos los que apostaron por Madrid para mejorar sus vidas, de todos aquellos que la ciudad ha convertido en fantoches, cada cual con el disfraz que la vida les ha ido confeccionando desde el nacimiento. Todos acuden con gusto a estas calles porque son la vía de escape de las promesas rotas, presentes cada mañana, al despertar.

No es de extrañar que los fantoches acudan a estas calles, porque fueron creados para interpretar en el escenario, en este cuadro donde todos los colores tienen cabida, donde la imagen de cada disfraz tiene sentido.

A penas se han dado cuenta de que los coches desaparecen, de que se puede andar por a calzada tranquilamente, y a penas se han visto a sí mismos, formando parte ya de la misma calle. Esto ocurre a mismo tiempo que cada vida deja de tener tanta importancia, porque en este decorado se mezclan miles de historias distintas que contadas unas tras otras de nuevo parecen iguales.

Verdaderos sufridores, caras de colores cuya procedencia es difícil de adivinar en un escenario donde nada pilla por sorpresa. Nórdicos de sonrisas poco practicadas buscando calidez que tal vez vuelvan a sus orígenes o tal vez encuentren su sitio en el lugar menos pensado.  Estudiantes, hijos de hombres con trajes grises que cansados de guardar las formas también son atraídos por el cuadro y se visten de lo que no son para no sentirse excluídos, otros en cambio aparentan la reveldía de manera sutil, dejando presente que sus padres llevan traje gris. Estudiantes, hijos de hombres con las manos agrietadas para sacarlos de algún pequeño pueblo y evitarles el  mismo destino; ellos también disfrazados con mezclas extrañas de lo que son y de lo que copian de los estudiantes, hijos del hombre del traje gris. Y muchos otros cuyas vidas están a la deriva, con disfraces más complicados, con estudios o no, cuyos mayores temores son los últimos días del mes.

Madrid siempre fue una ciudad de gatos callejeros.

Y cada cual acaba adentrándose en el lugar que más les llama: son los bares, las discotecas o los pisos del Madrid bohemio donde viven los fantoches más auténticos.

En el mejor de los casos las calles les conducen hasta brumas de alcohol y resacas con el sabor de unos labios borrosos, desconocidos… Y en otros no tan buenos les llevan a un mundo de fantasías transitorias, a parques de atracciones caros, a viajes donde las drogas o los clubs de carretera finalmente les devuelven fuera del escenario violentamente y sin avisar.

La luz del día les recoge en el regazo de pisos minúsculos, compartidos, de muebles baratos, de olores que no son suyos, de ventanas a patios que la brisa esquiva.

Y allí duremen, mientras la lluvia arrastra los colores de un cuadro que volverá a pintarse de la misma manera cualquier otro día.

El eco de unos tacones firmes

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Huele a chocolate a pesar de que el quiosco de los dulces ya ha cerrado. Poca gente queda en la calle y las ruedas de los coches rugen menos enfadadas. Ha caído la noche y las percepciones parecen sólo recuerdos del ajetreo que se ha vivido todo el día en una de las zonas más comerciales de Madrid. Ya ha pasado esa madre cargada de bolsas y con el bolsillo arrepentido, el ejecutivo con algún “take away” y la corbata pidiendo a gritos retorcerse y también esa jovencita bien vestida que sonríe porque acaba de comprar el capricho del día, la misma que puede tirar de tarjeta sin que los números de la cuenta bancaria se inmuten ya que vuelven a crecer de forma misteriosa cada mes. También se han ido los mendigos, puesto que ellos  sólo son fieles a su lugar ante las multitudes.

Todos, cada cual con su historia diferente, se han llevado la dormir la prisa, el ruido, los colores, los gestos, los perfumes,… Esta sinestesia que reta la atención de los sentidos a la vez ya ha pasado.

Y entonces es el momento de aceras grandes despejadas, del frío apoderándose del espacio y es el momento del maravilloso ruido de unos zapatos de tacón. El vacío les recompensa con el eco y ellos lo agradecen resonando con más gracia.

Sólo ellos pueden caminar exáctamente con ese compás. La firmeza de esos pasos es el sonido de la seguridad. No importa si Esperanza se quedó tomando copas en la barra de algún bar o si al llegar a casa sólo estará para recogerlos Soledad. Consuelo a veces los guarda, aparece de las bondades más sencillas de la vida y los mima.

No importa de donde vengan,… porque siempre, siempre, la que hace que sigan un sendero recto se llama Libertad.

El tamborileo de esos zapatos es único porque su propietaria decidió comprarlos a ellos y no a otros, quiso pasar por allí a esa hora de la noche y camina de esa manera, escuchando sus propios pasos, erguida porque sabe que la melodía que suena es auténtica. Esos zapatos van cargados de logros, errores, ilusiones, fracasos,… y si el sonido es tan gratificante es debido a que la carga es fruto de decisiones libres. Es el orgullo de vivir nuestra propia vida.

Agradecidas del tiempo tenemos que estar las personas que tenemos la oportunidad y la capacidad de elegir. No pueden decir lo mismo sobre todo muchas mujeres de otra época o de otros lugares. ¿Por qué los pasos resuenan mejor de esta manera? Porque ante el éxito, los frutos son más dulces y ante la equivocación, el aprendizaje más adecuado. Pero, ¿qué ocurre si seguimos el camino que otros nos han marcado por desconfiar de nosotros mismos y que nos ha traído resultados positivos? En este caso se corre un riesgo muy grande y es que del taconeo de nuestros pasos surja una gran interrogación: ¿qué hubiera ocurrido si…?

Vive, vive tu vida con Libertad y el día menos pensado Soledad sólo vendrá cuando necesites calma, rara vez necesitarás a Consuelo porque Esperanza irá siempre a tu lado hasta que puedas al fin alcanzar a Victoria, muy alto, entre tus manos.

Toc, toc, toc… los zapatos llegan a casa y el eco desaparece, el sonido ahora es sordo y vienen dos golpes secos contra el suelo.

Silencio. Es hora de dormir.

En una gran ciudad es muy fácil perderse entre la multitud pero el eco de unos tacones firmes siempre deja huella donde pisan y así, encontrar el camino con soltura.

El nido de tu color. Allí donde siempre podrás volver

“Dame un niño de hasta 7 años y te devolveré un hombre”.

Esta frase, atribuída a los jesuítas, hace referencia a la grandísima importancia que tiene lo vivido en los primeros años de nuestro caminar por el mundo. ¿Qué verdad esconde? La esencia de lo que somos está marcada por aquello que nos “alimentó” al principio. Por eso los malos tratos en la infancia, situaciones de carestía de cualquier tipo u otro entorno desfavorable para un niño tiene repercusiones signficativas en el desarrollo personal y emocional durante la edad adulta. Estas consecuencias también pueden manifestarse en terrenos como el educativo o el profesional y a menudo no están aparentemente relacionados con el desencadentante inicial que ocurrió allá en la primera infancia.

A pesar de los fascinante del tema, quien escribe estas líneas no es ninguna experta en psicología y lamentablemente tampoco en resolver problemas como los descritos anteriormente, pero sólo en base a experiencias vividas, sí que podríamos resaltar la tabla de salvación que suponen unos recuerdos felices en la infancia, el sentimiento de pertenencia a un lugar de origen, el orgullo de saber quién eres y que pase lo que pase por el camino de la vida, aquello siempre permanecerá.

Esta tabla de salvación es el “nido” donde nos desarrollamos los primeros años. ¿A qué podemos llamar “nido” hoy en día? Hasta ahora podíamos hacer referencia a un seno familar con un carácter bien definido donde el niño encuentra TODO lo necesario para hacerse un Hombre en todos los sentidos. Lo importante aquí es fijarse en el terreno personal/emocional.

La cuestión sobre lo que puede definirse como “nido” hoy en día viene dada por las diferentes estructuras familiares que cada vez se dan más variadas en la socedad actual. Quizás los católicos tenemos idealizada la forma tradicional familiar del padre y la madre con hijos viviendo en una misma casa. En realidad, puede que la forma en que está estructurado el “nido” no importe tanto como que sea fuerte, con carácter propio y que sea capaz de garantizar todas las necesidades.

¿Qué le ocurre al “nido” cuando crecemos?

El nido se rompe lentamente a medida que ya no lo vamos necesitando. Pero el camino no es fácil, se tropieza mucho y volvemos una y otra vez a acurrucarnos en aquel lugar, como al principio. Ya lo dice un conocido monologuista, haciendo referencia a la sensación que tenemos cuando parece que todo va mal y nos sentimos solos, pequeños e incomprendidos en un abismo donde no encajamos: “yo sólo quiero volver al vientre de mi madre”.

Y el terror se apodera de nosotros cuando vemos que cada vez queda menos del “nido”. Ya sólo quedan los recuerdos de cuando fue en su esplendor. Los orígenes están tan cambiados que apenas son reconocibles: vuelves a aquel lugar y de pronto un día te das cuenta de que ya no puedes retornar por completo porque entonces tendrías que viajar en el tiempo. Volver…

Aún así, los rescoldos desprenden un calor tan agradable que sabes que jamás encontrarás otro igual.

Entonces los pensamentos se paran en seco y la añoranza trae sentimientos de fortuna: no todos tienen tanto que perder, no todos tienen esta tabla de salvación cuando andan buscando su sitio en el mundo.

Por eso, no es justo que haya quien no tenga ese punto, que como en Ítaca, todo se vuelva de su color. Allí todo encaja. Porque aunque el nido se destruya por completo siempre quedará la fortaleza de haber pertenecido a él y cuando parezca que todo está perdido recurriremos a lo que perdura de alquel hogar para siempre, en el interior de lo que somos.

 

Al “ave fénix de la sociedad”, esa generación subestimada (también llamada “perdida”)

No está perdida, es el ave fénix de la sociedad

Fuente: lacasadellibro.com

Hace mucho que no escribo. Lo echaba de menos.

La vida nos arrastra, la rutina, el día a día y nos falta tiempo para pensar, mirar alrededor, también al interior y darnos cuenta de si encajamos  en el puzzle donde vivimos o si por el contrario hay piezas que sobran o faltan.

He estado muy ocupada viviendo, me he convertido en una mujer de acción y con mucha iniciativa. Aún así siempre hay un lado reflexivo y tranquilo en mí, ése que resurge, por ejemplo, cuando llega el otoño, camino bajo la lluvia y piso las hojas recién caídas en el paseo de cualquier parque. Y, de pronto, silencio, la noche, la jornada se acaba y las teclas me llaman iluminadas por la luz tímida de una lamparilla comprada en algún bazar barato.

Y esta vez, me llaman para decirle algo a mi generación: no tengáis miedo, levantad la cabeza, nosotros podemos.

¡Cuántos comentarios tenemos que aguantar!: “estos no saben lo que es pasar hambre”, “tanto estudiar, ¿para qué?”, “están criados con leche de almendra”, “no saben lo que es trabajar”, “¡con 30 años en casa de sus padres!”

Pero esta generación también sufre: sueños rotos, frustración, promesas incumplidas, falta de puntos de referencia de actuación y de opinión, espectativas demasiado altas, decadencia, añoranza, lucha, inconformidad unas veces y resignación otras. Nuestros padres nos prepararon para ser los mejores en un castillo de arena construido sobre nubes que se han deshecho, consumidas por su propia atmósfera.

Ellos pasaron el hambre del cuerpo y nosotros pasamos por el hambre del espíritu. “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5:3). Aunque puede que de aquí a unos años muchos pasemos hambre en los dos sentidos.

Algunos de los que nos subestiman, son los que construyeron castillos sobre terrenos movedizos donde nosotros no elegimos nacer. Y, por falta de valores, de puntos de referencia, estamos reconstruyéndonos a nosotros mismos.  No saldrá a la luz lo que se esperaba de nosotros, saldrá mucho más, porque lo que está haciendo esta generación que llaman “perdida” es sacar de la nada o de las cenizas de lo que un día fue, las nuevas bases para construir una sociedad mejor de la que venimos  (al menos ésa es la intención), aprendiendo de los errores cometidos. Los próximos criterios de actuación están destinados a ser una cocktelera donde el buen sabor de los viejos tiempos se mezcla con las nuevas iniciativas que creemos que funcionarán: eso que aprendimos cuando nos decían que había que ser buenas personas y que de mayores nos dimos cuenta que sólo eran teorías: la tolerancia, el respeto de los bienes ajenos, la justicia, la recompensa a la profesionalidad, la solidaridad, … Esas cosas que los resultados muestran que no se practicaban lo suficiente.

El valor de mi generación no sólo está en construir mecanismos para que la sociedad funcione, sino también en la recuperación económica tan deseada por todos. ¡Sí! Me atrevo a decirlo bien claro. Formamos una gran parte de la solución.  En silencio, esta generación trabaja utilizando todo lo que ha aprendido académicamente y en la escuela de la vida, para que un día pueda ver cumplidos sus sueños. ¿Lo conseguirá? Tal vez sus hijos lo vean. Y digo en silencio porque no se les ve trabajar, no se les ve ganar dinero, ni resaltar en grandes descubrimientos, ni dar grandes discursos políticos. El emprendedor primero idea, piensa, se informa, planifica y lo último es la práctica.

No nos han dejado trabajar. Han metido a las águilas en gallineros, pero como son águilas, volarán alto, sólo es cuestión de tiempo y de que un día se suban a la plataforma adecuada.

No confundir las muestras de disconformidad con las profundas transformaciones que necesitamos

Hace unos días veía las imágenes de las manifestaciones “rodeando el Congreso” y me daban ganas de llorar. El corazón duele al ver cómo la desesperación provoca enfrentamientos, discordias, el echarnos la culpa los unos a los otros.

Creo en el derecho a manifestarse por el descuerdo ante unas medidas que nos quitan parte de lo que somos, de nuestra manera de vivir. El que calla otorga y en este caso hay que gritar bien alto que no estamos conformes con la situación que vivimos. Pero hay que tener en cuenta que así no se solucionan los problemas. Las transformaciones que requiere nuestro país son tan profundas que no se pueden hacer de la noche a la mañana, montando una “revolución”. ¿Son los políticos parte del problema? Puede que sí, pero no podemos echarlos a patadas del Congreso, sino que de manera civilizada hay que poner sobre la mesa nuevas propuestas, formas de actuación, nuevos pensadores, gente atrevida, con carisma, con criterios éticos y seguridad. Debe hacerse así si no queremos terminar de destruirnos a nosotros mismos y los pocos valores que nos quedan en común como la democracia, el respeto a la Ley y a unas normas mínimas de convivencia. Y lo mismo ocurre con otros sectores de la sociedad: hace falta nuevos empresarios, un saneamiento de las altas esferas, gente que sepa hacer las cosas bien y además de buena manera.

Y toda esta pesada carga de responsabilidades, compañeros de generación, nos toca a nosotros llevarla. No lo hemos elegido, pero si hay algo tan inevitable como la muerte, es la propia vida y aquí estamos en este lugar y a esta hora con estudios, juventud, capacidad de análisis, reflexión y sobre todo con capacidad de soñar. No somos la “generación perdida”, somos el “ave fénix de la sociedad”.

El peligro de extinción de las cosas sencillas

Si en la sociedad buscas algo y no lo encuentras, antes de creer que tú eres demasiado complicado, piensa que quizás son ellos los que son tan complicados y lo que buscas es lo verdaderamente sencillo.

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