Valores

¿Vivir o no nacer?

Henri, como todos sus compañeros, se estaba preparando para cuando llegara el gran momento. Hacía pesas con el fin de que su flagelo fuera el más potente de todos, llevaba una buena alimentación, dormía sus ocho horas y cuidaba su imagen ante el espejo.

Todos estaban medio aletargados en los vesículas seminales cuando espontánemente sonó la alarma. Había llegado ese gran momento tan esperado. Se pusieron nerviosos, pero no por ello menos dispuestos a competir. Rápidos como blancos destellos se zambulleron en el líquido que los protegería durante su gran recorrido. Entre ellos también estaba Henri, nadando con velocidad a través del conducto espermático, pues debía ser el primero en alcanzar la meta. ¡Qué ansiedad en el momento de llegar al glande! ¡Y cuál fue su sorpresa cuando salierond e él! Pues habían quedado atrapados por una pared de látex que les impedía proseguir su camino. No habái marcha a trás, de modo que el horrible pensamiento de la muerte azotaba en las cabezas de cada uno de ellos. Pero los más espabilados se dieron cuenta de algo… ¡Oh, una grieta! Sí, se había abierto una gran guieta en aquella pared de látex. Algunos de los espermatozoides consigieron traspasarlo, pero hubo otros que por desgracia, quedaron atrapados allí para siempre. ¿En qué grupo había quedado Henri? ¡Cómo no! No sólo se encontraba en el grupo de los valientes, sino que iba a la cabeza del batallón. Fue el priemro en divisar aquella enorme cavidad esponjosa. Alzó la cabeza y vio a lo alto la entrada a las trompas de Falopio, entonces se armó de valor y dijo: “¡Allá voy!” Nadando y moviendo su flagelo a un lado y a otro, a un lado y a otro, consiguió ser el primero en alcanzar la entrada. La meta estaba cerca. Se volvió para ver lo que pasaba detrás suyo. La mayoría de sus compañeros estaban fuera de combate, pero todavía quedaban unos pocos que intentaban arrebatarle su premio. Se detuvo a observarlos sólo unos segundos, porque sabía que todavía podían darle alcance, de modo que siguió nadando despacio pero sin pausa y… ¡Ahí estaba! ¡Tan grande y majestuoso! ¡Tan perfectamente esférico! ¡Tan, tan… duro de traspasar! Henri cabeceaba dando coletazos intentando introducirse en el óvulo. Cuando al fin lo consiguió, rcibió su premio bien merecido. Consistía en una serie de sensaciones inexplicables, pero muy placenteras para un espermatozoide, era como dejar de existir y al mismo tiempo comenzar a existir. Henri se había mezclado con el óvulo, ambos eran todo uno. Había comenzado una nueva vida humana.

Aquella nueva célula comenzó a multiplicarse, anidó en el útero. Se desarrolló feliz. Pero un buen día, como que no queire la cosa, udo oír una conversación que venía del exterior:

– ¿Qué? ¿Está embarazada?

– ¡Lo siento! Ya sabes que se rompió… Bueno… me he hecho las pruebas… Estoy de dos meses aproximadamente.

– ¿Estás completamente segura?

– Me temo que sí.

– ¡Mierda! Tienes que abortar!

– No sé, creo que…

– ¡Crees nada! ¡Estás loca si piensas que tú y yo podemos cargar con un bebé! ¿Has pensado en loq ue le vas a decir a tus padres¿, ¿eh¿, ¡dime! ¡Por Dios, soy demasiado joven!

– Pero…

– ¡Tienes que abortar! ¡No sólamente es decisión tuya!

– ¡Está bien! Déjame que lo piense esta noche. Ahora estoy muy confundida.

De la decisión de esta chica, depende el fianl de esta historia. Yo no soy quien para decidir lo que debe hacer. Simplemente me limito a narrar las dos posibilidades que se pueden dar. Pero antes de nada, veamos lo que pensó aquel conjunto de células en proceso de evolución mientras que su propia madre decidía lo que debía hacer con ellas:

“Era una voz muy ducle y una voz muy brusca y enojada. Eran mamá y papá. ¿Qué es eso de abortar? ¿Qué van a hacer conmigo? Depende de ti, mamá. Decide bien. Sabes que me gustaría vivir. Te prometo que si me dejas seré buena, y cuando crezca seré una mamá ejemplar para mis hijitos”.

Y aquí viene lo que prosiguió diciendo la pequeña, si aquella joven madre no escuchó esa débil vocecilla que provenía de sus entrañas y que tan sólo le pedía que le dejara vivir:

“Hoy he sentido un pinchazo. Mamá, ya estoy en el cielo. Desde aquí te perdono. Diel a papá que también a él. Ahora ya puedes gozar de tu juventud tranquilamente, sin una carga a al que cuidar. Sigue y disfruta de la vida que mí tan siquiera me dejaste ver. Mamá, te quiero”.

Y esto otro fue lo que pensaó aquel bebé a los diez días de haber nacido estando en brazos de su madre. Estaba tomando el pecho y la joven mamá le acariciaba una mejilla. Madre e hija con los ojillos abiertos se miraban hablándose con el corazón.

“Mamá, lo siento, papá nos ha abandonado pero de todas formas vamos a ser muy felices tú y yo. Gracias por dejarme nacer, gracias por escucharme aquella noche en la que tenías que decidir sobre mi existencia.

Ahora ya podré ver el azul del cielo, y los árboles, y el mar, y las montañas, y a los demás niños, a y un payaso, y a una flor, y mis juguetes, y a mis hijitos cuando sea mayor, y mi carita en un espejo, y tu sonrisa,… En definitiva, gracias a ti, podré ver la vida”.

Bien, ahora le toca al lector decidir el final que prefiere. Sobre todo vosotras, madre en trace de decidir qué hacer con la existencia de un simle conjunto de células. Decidi qué final queréis para esta hisotira y para la vuestra.

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