Ramos de palabras

Reflexiones sobre el alma de la sociedad y del ser humano.

La envidia de los vampiros

Es curioso cuando personas diferentes te hacen la misma pregunta en un periodo de tiempo más o menos corto. Esta vez, lo que me ha traído al blog ha sido: “¿te gustaría ser inmortal?” Y siempre viene la sorpresa cuando digo decididamente: “no”.

La vida está llena de sinsabores, ocurren injusticias que no llegamos a entender, siempre nos preguntamos la causa de una gran enfermedad en un inocente o una catástrofe natural. Pero no merece la pena buscar “porqués”. Muchas personas pierden la fe al pensar en estos casos, otras la reafirman, pero hagamos lo que hagamos, no vendrá nadie a respondernos, por ello, lo mejor es aceptar la vida tal como es, siempre luchando por mejorarla, dejando estar allá donde no tenemos capacidad de actuación. Tal vez lo malo ocurre para que disfrutemos de lo bueno, ¿quién sabe?

De cualquier manera, la cara oscura del mundo no es lo que hace que desee que llegue el día de mi muerte, sino todo lo contrario.

Lo que hace precisamente bella a la vida es que cada instante que pasa puede ser el último. En el subconsciente tenemos a todas horas la certeza de que no somos eternos e instintivamente nuestras acciones son consecuencia de ello.

No hay que vivir con la angustia de que el tiempo se acaba, porque el punto y final llegará en su momento, pero a veces hay que ser conscientes de que no sabemos si habrá otra vida, si tendremos otra oportunidad de viajar a ese lugar, de emprender ese proyecto, de probar esa comida, de estrenar ese vestido que tanto tiempo has guardado en el armario para una “ocasión especial”, de sonreir, de llorar, o de decirle a esa persona “te quiero”.

La inmortalidad le quitaría toda la sal a la vida.

Además, sería bueno fijarnos en las personas que son muy, muy ancianas que, aunque están totalmente sanas dicen con una sonrisa: “yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer”. Miran a su alrededor y todo es nuevo, ya el mundo no es como lo recuerdan y conocen a más personas en el “otro barrio” que en éste. Cuando ocurre, queda poco para el relevo en el mundo terrenal y vivir en el recuerdo de los descendientes, de los descendientes de los descendientes,… hasta quedar tan sólo en el recuerdo del murmullo de los árboles.

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